Estimado editor,
escribo esta carta para expresar mi opinión sobre un asunto que desde hace unos meses despierta opiniones acaloradas, comentarios crispados y miradas suspicaces. Escribo esta carta, pues, para hacer mi contribución al marasmo de ideas, réplicas, contraréplicas, humo y nieblas que envuelven el tema de los recortes presupuestarios en las arcas públicas.
Debo decir, para empezar y como defensa preventiva, que adoro recortar. Cabellos, uñas de manos y pies, malas hierbas, arbustos y matojos, setos y céspedes, hilos colgantes, lana, cables pelados, hojas, folios y otros papeles, cartulinas, celofanes y pegatinas, cromos, estampas, sellos, láminas de cartón. No me den ustedes una radial o amoladora, palabras ambas que no aparecen en el diccionario con el significado que aquí tienen, que no encontrarán baldosa, azulejo, barra o barrote que me ponga freno. Se me podría, pues, considerar un recortador nato, o de nacimiento. No me cabe duda alguna de que mi genoma ha sido hábilmente recortado desde mi concepción, y que ese recorte es la razón de mi rara habilidad para manejar con tino, tesón, tenacidad y talento tijeras y tenazas para cortar, recortar y recontracortar.
Estos son mis antecedentes, esta es mi disposición. Habría que ser corto de entendederas para no adivinar ya que mi opinión sobre los recortes presupuestarios ordenados por los gobiernos es decididamente negativa. Tímidos, gazmoños, timoratos y mojigatos me parecen a mí. Denme a mí unas buenas tijeras y dejaré esos presupuestos suaves, lisos, planos y pulidos, sin irregularidad alguna, sin arruga que sobresalga aquí o allá. ¿Sanidad, transporte, educación? Naderías. Denme a mí las tijeras, dénmelas y les dejaré un erial, un solar desierto, huero y mocho, una esfera de vidrio brillante y transparente, hueca y vacía, perfecta.
Sin más, y con temor de haber alargado demasiado esta carta, me despido de usted con un breve y cordial saludo,
R. N.